Había olvidado de aquellas palabras antiguas de mi niñez de diescisiete años, esa promesa de no envejecer al ritmo de soul, y cubrir mi rostro cuando sonrío... seguiré trazando el camino con un carboncillo en la marcha de los jeans, gritando cuantas veces antoje mi mano y su guitarra enamorada de cuadernos, hasta que todos los relojes se apaguen, no voy a asustarme de las sombras y mensajes entrelíneas de literatos embriagados, de otoños planificados...
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